‘Flor Pucarina, rebelde hasta los huesos’: importancia, legado y razones para verla en el cine

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¿De qué valdría que lloren, que sufran, cuando mis lindas canciones se han consumado?”, canta ‘Flor Pucarina’ en ‘Mi último canto’, entre versos melancólicos y una voz que obliga a detenerse y escuchar cada palabra. Meses posteriores, en 1987, falleció. Pero aquellas canciones estaban lejos de apagarse, siguieron sonando y, con ellas, también permaneció viva la expresión de una mujer que desafió a una sociedad profundamente machista y elitista, al punto de convertirse en símbolo de identidad, resistencia, orgullo y pertenencia de migrantes, desposeídos, féminas, minorías y la nación wanka. Su muerte cerró una vida, aunque terminó por volverla inmortal. Casi cuatro décadas después, su figura vuelve a tomar forma en ‘Flor Pucarina, rebelde hasta los huesos’, una película que revela quién fue, qué representó y por qué seguirá vigente.

Leonor Chávez Rojas nació en Pucará, Huancayo, en 1935, en una familia de bajos recursos. Con el tiempo, arribó a La Victoria, en pleno éxodo provinciano hacia Lima, y ya de joven hizo de todo a fin de salir adelante; se le evoca vendiendo verduras en La Parada. A falta de lujos, fuerza no le faltó. Tampoco esa voz imponente —de estilo único— que encontró su camino en la música wanka. En 1960 debutó en el Coliseo Nacional y dio paso a ‘Flor Pucarina’. En una época en la que el folclore movía solo cientos de discos, ‘Ayrampito’ llegó cerca del millón. Ese ascenso y reinado tuvieron un peso extraordinario: era una provinciana imponiéndose en una capital en la que el andino cargaba con prejuicios, explotaciones y ataques más duros que hoy y donde las mujeres tenían menos espacio. Leonor no escondió su origen ni su ser para encajar; por el contrario, los reivindicó, ‘La Faraona’. Por eso encarnó a tantos y tantas que buscaban, y todavía buscan, superar barreras sin renunciar a lo que son.

Flor Pucarina convirtió su origen, su voz y su identidad wanka en una forma de resistencia frente al machismo, el racismo y los prejuicios que marcaron su época.

Ahora irrumpe en los cines ‘Flor Pucarina: Rebelde hasta los huesos’, dirigida por Geraldine Zuasnabar Ravelo, cineasta quechua, y producida por “Chola Contravisual”, colectivo audiovisual feminista huancaíno. La cinta ofrece, justamente, la posibilidad de acercarse a ‘Flor Pucarina’ desde un contenido enriquecedor. No es lo mismo oír una canción suelta que reencontrarse con su canto mientras se muestran las historias, imágenes y circunstancias que la envolvieron. Reúne material de archivo inédito y registros difíciles de hallar fuera del filme. Incluso recupera detalles de sus presentaciones en los ruedos y anécdotas que ayudan a entender esa presencia majestuosa que irradió sobre el escenario. Quienes crecieron escuchándola, será una manera distinta de volver a ella; y quienes apenas la conocen, una oportunidad de descubrirla con mayor amplitud.

Al respecto, la propia Geraldine admite que tendía a romantizar y glorificar a Flor, pero que la investigación le permitió conectar un lado más humano y complejo de la exponente. Su intención, dice, fue rescatar a F. Pucarina con dignidad y respeto, aceptando esa mezcla de realidad, recuerdo y mito que aún rodea su figura. En el documental, a su vez, se suman las voces que contribuyen a reconstruir su memoria. Personas de su entorno, artistas como Nilda Mucha, ‘Flor de la Oroya’, Rubí Palomino y ‘Mensajerito Chupaquino’, junto con estudiosos, caso de Julio Mendívil. Aparece también Guillermo Joo, cuyo testimonio resguarda una remembranza irrepetible.

 

‘Flor Pucarina: Rebelde hasta los huesos’ recupera archivos y testimonios para acercarnos a la mujer detrás del mito y recordar por qué su música todavía representa identidad, orgullo y pertenencia.

En líneas finales, habría que preguntarse: ¿por qué, siendo peruanos, deberíamos apoyar esta producción? Primero, porque preserva parte del patrimonio musical y andino, fundamental para valorar y fortalecer nuestra peruanidad. Segundo, ya que llevar a ‘Flor Pucarina’ a una sala comercial impulsa historias que durante décadas lucharon por ser visibilizadas. Y tercero, el respaldo en los días iniciales prolonga su permanencia en cartelera y llega a más público. Y en Huancayo y Pucará hay otra razón particularmente íntima: ella nunca dejó de cantarles. Huancayo lindo, a ti te dedico este huayno, ya que soy serrana y con orgullo canto, a los huancaínos y pucarinas, por si acaso, decía. Ahora nos toca devolverle algo de ese cariño, homenajearla asistiendo al cine y seguir difundiendo su legado.

Lea la nota original aquí o visita el medio HYTIMES.PE

 

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